Ensayo 2.

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las escuelas parroquiales y misionales pro­ porcionaban, junto con la enseñanza de la doctrina, una educación rudimentaria, aun­ que la mayoría de los indígenas no llegó a aprender nunca la lengua castellana. Los mayores esfuerzos en este sentido se dedi­ caron a las capas altas de la sociedad india, fundándose colegios específicos para ellas, como los de Santa Cruz de Tlatelolco (Mé­ xico), del Príncipe (Lima), o de San Fran­ cisco de Borja (Cuzco).

En cuanto a la cultura material, la asimi­ lación fue muy lenta en las zonas rurales. Por ejemplo, los indios —que eran mayori- tariamente campesinos— tardaron mucho en incorporar el arado, que implicaba el uso de animales de tiro y otros cambios en sus métodos agrícolas, asi que durante mu­ cho tiempo siguieron usando el palo cava­ dor tradicional. Por otro lado, a veces los esfuerzos integradores resultaron ser una extorsión. Es el caso de los llamados repar­ tos (ventas) de mercancías, que fueron un importante instrumento de aculturación forzada encaminado a introducir a los in­ dios en una economía mercantil. Los co­ rregidores, aunque por ley tenían prohibi­ do participar en actividades comerciales, controlaban la distribución económica en­ tre los indios, obligándoles a comprar a precios excesivos tanto productos necesa­ rios como supérfluos. Estas prácticas, usuales aunque ilegales tanto en Nueva Es­ paña como en Perú desde la segunda mitad del siglo XVII, fueron legalizadas a partir de 1751 en un intento de controlar los exce­ sos, pero la práctica no cambió las cosas y el reparto constituyó una fuente de crónica irritación para los indios.

Pero además de los planos político, re­ ligioso, lingüístico y cultural, se intentó también —y se hizo en primer lugar y con éxito— la.' integración laboral, principal forma de vinculación entre el mundo es­ pañol y el mundo indígena. Los sistemas de utilización de la mano de obra variaron según los lugares y épocas, y tuvieron es­ trecha relación con la organización socio- cultural indígena, sobre todo en las socie­ dades complejas, donde los españoles encontraron vigentes condiciones de es­ clavitud y servidumbre que procuraron aprovechar. Por orden más o menos cro­ nológico, los sistemas de trabajo implan­ tados fueron la esclavitud, encomienda,

trabajo forzado, trabajo semivoluntario y trabajo libre.

El esclavismo fue el primer sistema la­ boral no sólo en el Caribe sino en todas las regiones a medida que se iban con­ quistando, aunque la tendencia oficial era frenar este proceso. Desde el año 1500 sólo se permitía la esclavitud para casos de rebelión, indios capturados en guerra o caníbales, y en 1542 las Leyes Nuevas es­ tablecieron que por ninguna causa de guerra ni otra alguna, aunque sea so tí­ tulo de rebelión, ni por rescate ni de otra manera, no se pueda hacer esclauo indio alguno, y queremos sean tratados ' como uasallos nuestros de la corona de Castilla, pues lo son. En adelante sólo habrá casos aislados de esclavitud india, en zonas marginales o fronterizas.

El trabajo en la encomienda era prácti­ camente idéntico al de la esclavitud. De todas formas, ya vimos cómo esta institu­ ción deja de ser una fuente de trabajo pri­ vado para convertirse en una renta; desde fines del XVI sólo en zonas marginales y pobres subsiste la encomienda de servicio personal.

El siguiente sistema fue el reclutamien­ to forzado de mano de obra, basado en prácticas prehispánicas, que en México se llamó coatequitl o régimen de tandas, y en Perú mita. La forma más elaborada fue la mita peruana, el trabajo forzoso por antonomasia, consistente en prestaciones laborales temporales, en actividades de in­ terés público (especialmente en la mine­ ría, pero también en obrajes, caminos, etc.). Se trataba de un trabajo compulsivo pero remunerado y perfectamente regla­ mentado, aunque provocó muchas quejas debido al incumplimiento de la legislación. Las mitas de Potosí, con cerca de 13.500 indios al año, y Huancavélica, con unos 2.200, fueron las más importantes y las que significaron una dura carga para los pueblos obligados a proporcionar los con­ tingentes de trabajadores.

El trabajo semivoluntario se basaba también en sistemas prehispánicos de mano de obra atada o semiservil. Las ca­ tegorías más conocidas fueron las de ya­ nacona, especie de siervos vinculados a la tierra, y naboría, término caribeño que los españoles aplicaron en Nueva España y que más tarde se hispanizaría transfor- 81

Túpac Amaru José Gabriel Condorcanqui No­

guera (nacido en Surimana, Perú, el 10 de marzo de 1738), más co­ nocido como Túpac Amaru, nom­ bre que adoptó por ser descen­ diente directo del último soberano inca (Felipe Túpac Amaru, ejecu­ tado en 1572 por orden del virrey Toledo), asumió el liderazgo de los indios de la sierra peruana y se rebeló contra el régimen colo­ nial español en el año 1780, dan­ do lugar a un impresionante mo­ vimiento de masas que puso en serio peligro la dominación espa­ ñola, cuarenta años antes de que se produjera la independencia.

Como cacique de Surimana, Pampamarca y Tungasuca (pue­ blos de la provincia de Tinta, a unos 100 km al sur de Cuzco), pertenecía a la nobleza indígena —aunque era biológicamente mestizo— y fue un hombre rico (poseía casas, tierras y un prós­ pero negocio de transporte o arriería) y bastante culto (se ha­ bía educado en el colegio jesuíta del Cuzco), y relacionado con los grupos criollos e indios influen­ ciados por las corrientes ilustra­ das. En 1760 se casó con Micae­ la Bastidas Puyucawa, con la que tuvo tres hijos: Hipólito, Maria­ no y Fernando.

Su primera intervención públi­ ca tuvo lugar en 1777 cuando presentó ante la Audiencia de Lima dos solicitudes para que los indios de su provincia fueran exo­ nerados de servir en la mita de Potosí. El fracaso de estas recla­ maciones le decidirá al levanta­ miento armado iniciado el 4 de noviembre de 1780, tras el cual fue ejecutado en la plaza del Cuz­ co el 18 de mayo de 1881 en cir­ cunstancias particularmente dra­ máticas.

belión se expande con gran rapidez tanto hacia el norte (hasta el Cuzco) como hacia el sur, llegando hasta el lago Titicaca para penetrar finalmente en territorio de la Au­ diencia de Charcas, hoy Bolivia. Se movi­ lizan decenas de miles de personas, tanto por parte de los rebeldes como de las au­ toridades coloniales, siendo los principales hechos de armas la batalla de Sangarará (18 de noviembre), el asedio del Cuzco (del 28 de diciembre al 6 de enero de 1781) y la batalla de Tinta (6 de abril), que supone la derrota y captura de Túpac Amaru (por la traición de uno de los su­ yos) y otros jefes rebeldes. Tras el corres­ pondiente juicio, el visitador José Antonio de Areche dicta la sentencia (15 de mayo) condenando a muerte a José Gabriel, su esposa, su hijo mayor y otros reos, todos los cuales son ejecutados en la plaza del Cuzco el día 18 de mayo de 1781.

Comienza entonces la segunda fase del movimiento tupamarista, que será mucho más sangrienta que la primera y se prolon­ gará durante todo el año 1781, bajo el li­ derazgo de Diego Cristóbal Túpac Amaru (primo hermano de José Gabriel), exten­ diéndose hasta el norte de Argentina y Chi­ le y enlazando en el altiplano boliviano con la rebelión de Túpac Catari (Julián Apasa Sisa, el más importante caudillo indígena altoperuano, que será ejecutado el 13 de noviembre de 1781). Sucesos notables de esta etapa son la conquista de Sorata y el prolongado y penoso asedio de la ciudad de La Paz. Finalmente, los rebeldes acep­ tan el indulto general ofrecido por el virrey y el 11 de diciembre de 1781 se firma el tratado de paz, que a comienzos de 1783 será violado por las autoridades coloniales al ordenar, con el pretexto de nueva suble­ vación, la detención y posterior ejecución de los principales protagonistas de los su­ cesos anteriores, incluido Diego Cristóbal el 19 de julio de 1783.

Termina así la gran rebelión iniciada en noviembre de 1780, aunque durante mu­ cho tiempo continuará el gran miedo de españoles y criollos ante las masas indíge­ nas, miedo que contribuirá a reforzar el conservadurismo político de los peranos.

Una familia de español y mestiza en un cuadro del siglo XVIII pintado por Andrés de Islas

(Museo de América, foto Joaquín Otero)84

mandóse en laborío, que describe diver­ sas formas de mano de obra indígena.

La mano de obra libre se va desarro­ llando paulatinamente. En la mineria pe­ ruana es característico el minga, trabaja­ dor contratado con una paga que podía ser hasta cinco veces superior a la del mi­ tayo. El peonaje es otro tipo de trabajo asalariado, y la forma más común que adopta es la aparcería o medianería, me­ diante la cual los campesinos arrendaban pequeñas parcelas en las grandes hacien­ das, y pagaban la renta trabajando en la hacienda. Aparece también a fines de la colonia el peonaje adscrito por deudas, que se desarrollará tras la independencia.

En general, y como observaron en el si­ glo XVIII los célebres marinos españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa, puede de­ cirse que todas cuantas riquezas produ­ cen las Indias, y aun su misma subsisten­ cia, se debe al sudor de sus naturales: con ellos se trabajan las minas de oro y plata, con ellos se cultivan las tierras, ellos crían y guardan los ganados; en una palabra, no hay trabajo fuerte en que no se empleen.

Resistencia indígena

Los pueblos indios, pese a la profunda y duradera destrucción provocada por la conquista y pese al intenso proceso de aculturación a que se les somete, conser­ van cierta capacidad de resistencia y des­ de el inicio de la colonización expresan su protesta y su rechazo a la dominación co­ lonial. Los mecanismos de defensa fueron variados, desde la resistencia pasiva o la simple huida hasta la rebelión armada, o también ia adaptación, siquiera aparente, fórmula escogida, por ejemplo, por los in­ dígenas de la península de Santa Elena (Ecuador), que adoptan muy pronto la len­ gua y la indumentaria españolas pero mantienen sus costumbres y una relativa independencia en sus pueblos.

Pero al margen del rechazo a la inte­ gración manifestado por los indios de al­ gunas áreas (norte de México, centro de Chile) que resistieron a la conquista du­ rante mucho tiempo, casi hasta el fin de

la época colonial, entre los indios someti­ dos pocas veces la resistencia llegó a plas­ marse en un verdadero movimiento de masas, aunque son frecuentes los motines espontáneos, muy localizados y de corta duración, dirigidos casi siempre contra los corregidores o los curas, como la rebelión de los zendales, en Chiapas (1712) o ia de Jacinto Canek en Quisteil, Yucatán (1761). Hay también, sin embargo, verda­ deras rebeliones indígenas con fuerte im­ pacto en la vida económica y social de la región en que se producen, como la de Juan Santos Atahualpa en la provincia de Tarma (Perú), a partir de 1742.

El caso paradigmático lo proporciona la sublevación de Túpac Amaru, una impre­ sionante conmoción armada que, al coinci­ dir en el tiempo con otros dos grandes le­ vantamientos de masas (Túpac Catari en Bolivia y los comuneros del Socorro en Co­ lombia), puso en serio peligro el sistema colonial español: como años después diría Godoy, fue una gran borrasca que barrió toda Suramérica. La rebelión tupamarista reviste una importancia especial por la per­ sonalidad de su jefe, por su extensión y su arraigo, pero sobre todo por sus objetivos: supresión de gravámenes y explotación (aduana, alcabalas, repartos forzosos de mercancías), eliminación de formas de tra­ bajo degradantes (mitas, obrajes), ruptura con España y restauración del poder inca bajo nuevas formas, manteniendo la reli­ gión católica (coronación de Túpac Amaru como José 1, por la gracia de Dios Inca Rey del Perú...), y unión de todos los pe­ ruanos (los paisanos, sin distinción de ra­ zas) en contra de los europeos intrusos. Se trata, pues, de un programa utópico, espe­ cialmente en su apelación a la solidaridad y la unidad peruana, incluyendo a los ama­ dos criollos, que desde luego no se unieron al movimiento sino que lo combatieron.

La rebelión tupamarista comenzó el día 4 de noviembre de 1780, con la deten­ ción del corregidor de Tinta. Antonio de Arriaga, que seis días después es ejecuta­ do públicamente en la plaza de Tungasu- ca. A partir de este momento, y desde su epicentro en la provincia de Tinta, la re-

Dos ejemplos de familias mexicanas del siglo XVIII (Museo de América,

fotos Joaquín Otero) 82

las escuelas parroquiales y misionales pro­ porcionaban, junto con la enseñanza de la doctrina, una educación rudimentaria, aun­ que la mayoría de los indígenas no llegó a aprender nunca la lengua castellana. Los mayores esfuerzos en este sentido se dedi­ caron a las capas altas de la sociedad india, fundándose colegios específicos para ellas, como los de Santa Cruz de Tlatelolco (Mé­ xico), del Príncipe (Lima), o de San Fran­ cisco de Borja (Cuzco).

En cuanto a la cultura material, la asimi­ lación fue muy lenta en las zonas rurales. Por ejemplo, los indios —que eran mayori- tariamente campesinos— tardaron mucho en incorporar el arado, que implicaba el uso de animales de tiro y otros cambios en sus métodos agrícolas, asi que durante mu­ cho tiempo siguieron usando el palo cava­ dor tradicional. Por otro lado, a veces los esfuerzos integradores resultaron ser una extorsión. Es el caso de los llamados repar­ tos (ventas) de mercancías, que fueron un importante instrumento de aculturación forzada encaminado a introducir a los in­ dios en una economía mercantil. Los co­ rregidores, aunque por ley tenían prohibi­ do participar en actividades comerciales, controlaban la distribución económica en­ tre los indios, obligándoles a comprar a precios excesivos tanto productos necesa­ rios como supérfluos. Estas prácticas, usuales aunque ilegales tanto en Nueva Es­ paña como en Perú desde la segunda mitad del siglo XVII, fueron legalizadas a partir de 1751 en un intento de controlar los exce­ sos, pero la práctica no cambió las cosas y el reparto constituyó una fuente de crónica irritación para los indios.

Pero además de los planos político, re­ ligioso, lingüístico y cultural, se intentó también —y se hizo en primer lugar y con éxito— la.' integración laboral, principal forma de vinculación entre el mundo es­ pañol y el mundo indígena. Los sistemas de utilización de la mano de obra variaron según los lugares y épocas, y tuvieron es­ trecha relación con la organización socio- cultural indígena, sobre todo en las socie­ dades complejas, donde los españoles encontraron vigentes condiciones de es­ clavitud y servidumbre que procuraron aprovechar. Por orden más o menos cro­ nológico, los sistemas de trabajo implan­ tados fueron la esclavitud, encomienda,

trabajo forzado, trabajo semivoluntario y trabajo libre.

El esclavismo fue el primer sistema la­ boral no sólo en el Caribe sino en todas las regiones a medida que se iban con­ quistando, aunque la tendencia oficial era frenar este proceso. Desde el año 1500 sólo se permitía la esclavitud para casos de rebelión, indios capturados en guerra o caníbales, y en 1542 las Leyes Nuevas es­ tablecieron que por ninguna causa de guerra ni otra alguna, aunque sea so tí­ tulo de rebelión, ni por rescate ni de otra manera, no se pueda hacer esclauo indio alguno, y queremos sean tratados ' como uasallos nuestros de la corona de Castilla, pues lo son. En adelante sólo habrá casos aislados de esclavitud india, en zonas marginales o fronterizas.

El trabajo en la encomienda era prácti­ camente idéntico al de la esclavitud. De todas formas, ya vimos cómo esta institu­ ción deja de ser una fuente de trabajo pri­ vado para convertirse en una renta; desde fines del XVI sólo en zonas marginales y pobres subsiste la encomienda de servicio personal.

El siguiente sistema fue el reclutamien­ to forzado de mano de obra, basado en prácticas prehispánicas, que en México se llamó coatequitl o régimen de tandas, y en Perú mita. La forma más elaborada fue la mita peruana, el trabajo forzoso por antonomasia, consistente en prestaciones laborales temporales, en actividades de in­ terés público (especialmente en la mine­ ría, pero también en obrajes, caminos, etc.). Se trataba de un trabajo compulsivo pero remunerado y perfectamente regla­ mentado, aunque provocó muchas quejas debido al incumplimiento de la legislación. Las mitas de Potosí, con cerca de 13.500 indios al año, y Huancavélica, con unos 2.200, fueron las más importantes y las que significaron una dura carga para los pueblos obligados a proporcionar los con­ tingentes de trabajadores.

El trabajo semivoluntario se basaba también en sistemas prehispánicos de mano de obra atada o semiservil. Las ca­ tegorías más conocidas fueron las de ya­ nacona, especie de siervos vinculados a la tierra, y naboría, término caribeño que los españoles aplicaron en Nueva España y que más tarde se hispanizaría transfor- 81

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