Los aztecas y Cortez
5. VIDA Y MUERTE DEL MUNDO INDÍGENA AMÉRICA fue una vez un continente vacío. Todos los pueblos que han pisado nuestras playas o cruzado nuestras fronteras, físicas o imaginarias, han venido de otra parte. Imaginemos, así, que hace 130,000 años, enormes masas de hielo se desplazaron en las regiones árticas, resultando en un descenso de los niveles del mar de Bering: una gran calzada continental se abrió entre Asia y América.
Sobre este puente, a pie, nómadas en pequeños grupos comenzaron a entrar en el hemisferio occidental hace 65,000 años (acaso sólo 30,000 años). Talladores, cazadores, cavernícolas, cazaron al mamut antes de su extinción. Recorrieron vastos espacios, de las montañas a los desiertos, a los valles y a las selvas. Y también encontraron conejos y venados, jabalíes y patos salvajes.
Pero entre 7500 y 2500 antes de Cristo, el descubrimiento de la agricultura los convirtió en cultivadores sedentarios reunidos en aldeas. El primer grano de maíz, en la mitología mesoamericana, fue descubierto por Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, el creador de la humanidad. Quetzalcóatl descubrió el maíz con la ayuda de una hormiga, y su triunfo contrastó vivamente con el fracaso de los demás dioses. Con razón se le honraba de tal manera en las sociedades mesoamericanas: creador del hombre, de la agricultura, de la sociedad aldeana.
Pues al principio nada había, dicen los más antiguos cantos del continente vacío: “Cuando era de noche, en la oscuridad, los dioses se reunieron...” y crearon a la humanidad: “Que haya luz”, exclama el libro de los mayas, el Popol Vuh, “que nazca la aurora sobre el cielo y la tierra. No habrá gloria hasta que exista la criatura humana”.
La humanidad nació del sacrificio. Cuando los dioses se unieron en la hora del primer amanecer de la creación, formaron un círculo alrededor de una vasta fogata. Decidieron que uno de ellos debería sacrificarse saltando al fuego. Un hermoso dios, arrogante y cubierto con joyas, mostró duda y temor. Un dios desnudo, enano y cubierto de bubas, se arrojó entonces a la conflagración y enseguida resucitó con la forma del sol. El dios hermoso, al ver esto, también saltó al fuego, pero su recompensa fue reaparecer como el satélite, la luna. Así fue creado el universo.
Si los dioses se habían sacrificado a fin de que el mundo y la humanidad existiesen, entonces con más razón la humanidad estaba obligada a arrojarse, de ser necesario, en las grandes hogueras de la vida y de la muerte. La necesidad del sacrificio era un hecho indudable en la sociedad indígena, no sujeto a discusión o escepticismo de cualquier tipo. Para los antiguos americanos, las fuerzas del universo eran una fuente constante de peligro, pero al mismo tiempo eran la fuente misma de la supervivencia que amenazaban. Esta ambigüedad se resolvió en el sacrificio, un hecho tan indudable para la sociedad indígena como lo es para nosotros la fórmula E = mc2. Pues del sacrificio dependía no sólo la continuidad de la vida, sino el orden mismo del universo. Los hombres y las mujeres eran vistos como cosas verdaderamente diminutas en el enorme escenario del cosmos. El universo mismo era materia endeble, sujeto a la vida y a la muerte, a la creación y a la destrucción, a la muerte y a la resurrección.
A medida que evolucionó de la aldea al centro ceremonial, a la ciudad y al imperio, el mundo aborigen de Mesoamérica, la región que se extiende del centro de México hasta Nicaragua, cultivó mentalmente un conjunto de creencias en cuyo centro se encontraba la idea de que el mundo había sido creado no una, sino diversas veces. Esta creencia, desarrollada por los aztecas en la leyenda de los Cinco Soles, nos es relatada en el calendario solar, donde el centro del disco lo ocupa la imagen del sol, que nos muestra la lengua, significando que el
sol brilla, y enmarcada por las cuatro direcciones que indican las cuatro creaciones previas del mundo y las catástrofes que sufrieron. El primer sol fue destruido por un jaguar; el segundo, por vientos feroces; el tercero, por lluvia incesante; el cuarto, por las aguas del gran diluvio. Actualmente vivimos bajo el Quinto Sol, nacido del sacrificio de los dioses y que sólo continuará brillando mediante el sacrificio de las criaturas de los dioses, los hombres y las mujeres.
Sólo el sacrificio podía mantener este mundo, el sol y en consecuencia la vida: del sacrificio dependía la continuidad de las cosas, la aldea, la familia, el trabajo, la agricultura, el maíz. Semejante concepción de la realidad naturalmente desembocó en el temor de que una catástrofe tan reciente, tan recordada por todos los pueblos aborígenes, podría repetirse en cualquier instante: el nombre de esta catástrofe sería la muerte del Quinto Sol. La naturaleza merecía tanto amor como temor. El tiempo debía ser conocido, pero también predicho. Y el poder debía dársele a quienes sabían, recordaban y predecían nuestro propio tiempo, dominando y apartando a las fuerzas destructivas de la naturaleza.
El nombre de la interpretación que explicaba esta realidad era el mito. Las fuerzas naturales y sobrenaturales, tan cercanas a la piel de todas las criaturas divinas, fueron llamadas dioses, la causa de todas las cosas. El tiempo y la muerte se convirtieron de esta manera en los ejes del mundo indígena, y los dioses, la causa eficiente de todo lo bueno y lo malo. Los elegidos de los dioses fueron aquellos capaces de escucharlos, predecir el tiempo y administrar la muerte, así en la guerra como en la paz. De esta manera, los reyes, los sacerdotes y los guerreros llegaron a dominar el espacio vacío de las Américas, ordenando erigir centros ceremoniales en los cuales se podían honrar estas verdades inalterables.
Como gigantescas sombras proyectadas por los fuegos de la creación, estas creencias acompañan el paso de las sucesivas civilizaciones mesoamericanas, desde los primeros cazadores, 6000 años antes de Cristo, a los inicios de la vida agrícola, al principio de la vida aldeana alrededor de 1500 antes de Cristo, a la aparición de la cultura madre de
los olmecas en la cuenca del río Papaloapan (el Río de las Mariposas), en la costa del Golfo de México alrededor de 900 años antes de Cristo. La cultura de la aldea subió enseguida del mar a las montañas y al pueblo zapoteca de Oaxaca, a los valles del México Central y a las primeras señales de la civilización maya, entre el siglo tercero antes de Cristo y el primero de nuestra era.
Las migraciones y los éxodos continuaron, acarreando siempre el terror de la catástrofe cósmica. La necesidad de responder tanto creativa como sacrificialmente a este temor persistió a lo largo de los 600 años de las culturas clásicas de Teotihuacan en el centro de México, Monte Albán en Oaxaca y la preparación del gran periodo de la civilización maya, que alcanzó su apogeo y enseguida se derrumbó, entre los años 600 y 900. El suspiro final de los mayas en Chichén Itzá, la vida y muerte de los toltecas en el centro de México, seguida por el ascenso de los aztecas a partir de 1325 y su caída en 1521 a manos de los españoles, cierran el ciclo histórico de las civilizaciones mesoamericanas, pero de ninguna manera, como lo veremos, su ciclo cultural.
Cada uno de estos grandes temas y certezas, que alimentaron y estructuraron el mundo indígena, son evidentes en sus magníficas construcciones, comparables a las de Mesopotamia y el Antiguo Egipto. Ante todo, la arquitectura indígena es, como lo revelan sus sitios físicos, respuesta a la cuestión de la naturaleza: un paisaje humano de altivos templos dedicados a los dioses. En Europa, el alma romántica le dio a esta cuestión su forma más moderna. De la naturaleza, Goethe dijo: “Vivimos dentro de ella pero somos ajenos a ella.” Quizás más dramáticamente, Hölderlin imaginó la angustia del primer hombre consciente de ser parte de la naturaleza, nacido de ella, pero, al mismo tiempo, separado, distinto de la naturaleza, obligado a distanciarse de ella a fin de sobrevivir y de identificarse. Con anterioridad al temor freudiano de quedar capturado adentro o desamparado afuera, los grandes templos de la Antigüedad mesoamericana revelan esta misma
inquietud de ser devorados por una naturaleza amenazante o de permanecer, a la intemperie, fuera de su abrazo.
Palenque es el ejemplo supremo de esta ambigua respuesta a la naturaleza. Hundido en
lo más profundo del abrazo de la selva de Chiapas, cada edificio parece esculpido a partir de la selva primigenia. Palenque llegó a su apogeo en el siglo VII y fue abandonado en el siglo XI, una vez más, a los apetitos de la naturaleza. Hoy, la magnífica serie de estructuras en Palenque, el Palacio, la Casa del Jaguar y los templos del Sol, de la Cruz y de las Inscripciones, nos parecen para siempre capturados entre las exigencias rivales de la selva y de la humanidad. En contraste, las ruinas de Monte Albán, en la gran ciudadela que domina el valle de Oaxaca, están separadas de la naturaleza de manera soberbia y aun abstracta. Monte Albán parece suspendido entre el cielo y la tierra, más cerca de las nubes y del firmamento que de cualquier raíz terrena. Pero entonces miramos por segunda vez el esplendor de Monte Albán y nos damos cuenta de que no es sino una elocuente evidencia visual de la equivalencia entre la construcción humana y el paisaje natural: la arquitectura es prácticamente la réplica de las montañas circundantes.
Esta segunda mirada nos permite dar respuesta a la cuestión inmediata que surge a la luz de esta altura cristalina. ¿Cuál fue la función de un espacio como éste? ¿Fue concebido como un centro ceremonial, como una fortaleza, como un santuario, como un monumento a los caídos en las guerras civiles que asolaron el valle de Oaxaca? ¿O se trata de un monumento a las grandes epopeyas del éxodo y la guerra que se encuentran en la raíz de la vida y el movimiento del continente vacío? En todo caso, las cuestiones constantes de la mentalidad indígena están implícitamente expresadas en Monte Albán: ¿Cuánto tiempo durará lo que hemos hecho? ¿Podemos construir algo que nos proteja de la destrucción?
La necesidad de dar respuesta a la naturaleza condujo naturalmente a una intensa preocupación con el hecho temporal, pero esta preocupación fue rápidamente desplazada por el poder de los hombres capaces de asegurar que el tiempo duraría, que el caos natural no volvería a imponerse.
Los murales de Bonampak, descubiertos apenas en 1949 en las selvas del sur de México, nos ofrecen una visión multicolor de un mundo de poder ritual. Presididos por las imágenes de un niño principesco al cual se le ofrece el poder futuro, los murales de Bonampak ofrecen un impresionante panorama del poder en el antiguo mundo americano. Como en una cinta cinematográfica, las procesiones de sacerdotes y sirvientes, de gobernantes y gobernados, nos permiten ver con claridad una organización del trabajo humano determinada por una casta emergente de príncipes y sacerdotes. A medida que las comunidades agrarias se convirtieron en ciudades-Estado y las ciudades se expandieron sobre territorios mayores mediante la guerra y la conquista, exigiendo tributo, cosecha y también mujeres, la civilización se organizó con el propósito de mantener a la burocracia, al sacerdocio y al ejército. Los murales de Bonampak desembocan en una visión cruel e implacable de la guerra: batalla, muerte y esclavitud. Pero también nos trasladan retrospectivamente a la imagen del futuro rey, el niño príncipe, santificado en el primer mural. Ese niño gobernará al mundo, y gobernará de la manera descrita y con los objetivos declarados de mantener la vida humana mediante la paradoja de la sangre derramada en la guerra y el sacrificio.
La necesidad de comprender el tiempo se volvió, así, fundamental en el mundo indígena, pues entender el tiempo significó entender la diferencia entre la supervivencia y la destrucción: dominar el tiempo fue sinónimo de asegurar la continuidad de la vida. Un poeta indígena expresó lo siguiente: “Los que tienen el poder de contar los días, tienen el poder de hablarle a los dioses.”
En Chichen Itzá, los astrónomos mayas establecieron un calendario solar preciso de 365 días simbolizados por la estructura de la gran pirámide. Nueve terrazas y cuatro escaleras representan los nueve cielos y los cuatro puntos cardinales. Cada escalera tiene 91 escalones, un total de 364, el número de los días del año, más la plataforma cumbre, 365, los días del año solar.
La más grande pirámide mesoamericana, el Templo del Sol en Teotihuacan, fue construida de tal manera que el día del solsticio estival el sol se pone precisamente enfrente de la fachada principal. La naturaleza y la civilización pueden celebrarse en el reflejo la una de la otra. Los toltecas, constructores de Teotihuacan, intentaron fundir este conjunto de
preocupaciones acerca del tiempo y la naturaleza, el poder y la supervivencia, en un principio moral y lo encontraron, una vez más, en la figura de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. Quetzalcóatl, quien es objeto de diversas y a menudo contradictorias leyendas, puede ser visto como el creador de la vida humana, emergiendo lenta y difícilmente del caos y del miedo de los orígenes. Quetzalcóatl dio a los seres humanos sus utensilios y sus artes. Les enseñó a pulir el jade, a tejer la pluma y a plantar el maíz. El mito también le atribuye a Quetzalcóatl la invención de la agricultura, la arquitectura, la canción y la escultura, la minería y la orfebrería. El cuerpo de sus enseñanzas se identificó con el nombre mismo de los toltecas: el Toltecayotl o “Totalidad de la Creación”.
Quetzalcóatl se convirtió en el héroe moral de la Antigüedad mesoamericana, de la misma manera que Prometeo fue el héroe del tiempo antiguo de la civilización mediterránea, su libertador, aun a costa de su propia libertad. En el caso de Quetzalcóatl, la libertad que trajo al mundo fue la luz de la educación. Una luz tan poderosa que se convirtió en la base de la legitimidad para cualquier Estado que aspirase a suceder a los toltecas, heredando su legado cultural.
El Estado sucesor de los toltecas, y la nación final del antiguo mundo mesoamericano, fue el de los aztecas. La larga marcha de los aztecas desde los desiertos de Norteamérica, desde Arizona y Chihuahua hasta el centro de México, se fijó en la visión de un águila devorando a una serpiente sobre un nopal en una isla en un lago. Los aztecas fueron conducidos hasta este lugar por su feroz dios de la guerra, Huitzilopochtli, cuyo nombre significa “El Mago Colibrí”, y por su sacerdote, Tenoch. Cuando llegaron al sitio predestinado, fundaron su ciudad, Tenochtitlan, sobre las islas y pantanos de los lagos, en el año 1325. A la ciudad le añadieron un prefijo, México, que significa “el ombligo de la luna”. Es la más antigua ciudad viva de las Américas. De acuerdo con las crónicas, los aztecas eran despreciados por los habitantes previos del valle central, descendientes de los toltecas, quienes llamaron a los aztecas “el último pueblo en llegar”, “todos los persiguieron”, “nadie quería recibirlos”, “carecían de rostro”.
Esta ausencia de rostro contrastó con el perfil cultural definido y visible de los toltecas, la tribu de Quetzalcóatl, que había desaparecido misteriosamente, dejando detrás un conjunto de creaciones culturales, que el mundo indígena siempre consideró como su más valiosa herencia. De hecho, la designación misma de “tolteca”, era sinónimo de “artista”. Era la cultura del dios exiliado, Quetzalcóatl; era la herencia más alta y deseable del mundo indígena, y los aztecas, a medida que extendieron su poder en el valle central de México con los instrumentos de la guerra, la exacción y el sacrificio humano, se apoderaron también de la herencia cultural tolteca.
Necesitaban poder. También necesitaban legitimar su poder. Poder militar más legitimidad moral. Esta ecuación, que determinó la política de los aztecas, también enfrentó a dos dioses enemigos, Quetzalcóatl, dios de la creación y la hermandad, y Huitzilopochtli, dios de la guerra y de la conquista.
El arte y la moralidad toltecas le dieron a los aztecas el rostro que buscaban. Pero si la memoria y la identidad exigían esta identificación,
el poder y la legitimidad la combatían. En el siglo XV, Tlacaélel, hijo y hermano de reyes, pero que nunca aceptó la Corona para sí mismo, organizó por medios tradicionales lo que llegó a ser conocido como el Imperio azteca. Distribuyó tierras y títulos, organizó la administración, incluyendo el implacable sistema de tributos y de impuestos, inició conquistas que condujeron a los aztecas hacia el sur, hasta Guatemala, Honduras y Nicaragua. Tlacaélel también construyó el gran templo a Huitzilopochtli en la Ciudad de México, dedicando el poder de la nación azteca a los principios de la guerra y el sacrificio. Fue él, asimismo, quien ordenó que se quemasen los antiguos escritos de los pueblos derrotados por los aztecas, porque en ellos la nueva nación imperial era descrita como nación de bárbaros. Tlacaélel quemó la historia, pero esta burla digna de Orwell se hermanó con la ansiedad de ser siempre vistos como los herederos de Quetzalcóatl.
El panteón de las divinidades aztecas nos retrotrae, sin embargo, al caos, la fuerza y el terror que inevitablemente se apoderan del ser humano cuando se enfrenta al tiempo de los
orígenes. La figura central de este panteón es la diosa madre Coatlicue, “la de la falda de serpientes”. Cuadrada, decapitada, sin ataduras antropomórficas, Coatlicue ha sido creada a imagen y semejanza de lo desconocido. Los elementos de su decorado pueden ser llamados, separadamente, calaveras, serpientes, manos laceradas. Pero todos ellos se funden en una composición de lo desconocido. La Coatlicue no admite fisuras en su cuerpo. Ella es el monolito perfecto, la totalidad de lo intenso y de lo autocontenido.
De acuerdo con el mito, Coatlicue, la diosa de la tierra, fue preñada por una navaja de obsidiana, dando a luz a Coyolxauhqui, la diosa de la Luna, y una camada de hermanos, que se convirtieron en las estrellas. Pero un día, Coatlicue se encontró una pelota de plumas y la guardó celosamente en su seno.
Cuando la buscó, la pelotilla había desaparecido, pero Coatlicue, nuevamente, se encontraba preñada. Sus hijos, la Luna y las Estrellas, no le creyeron. Avergonzados de su madre, a la cual acusaron de promiscua, decidieron matarla. Una diosa sólo podía dar a luz una sola vez, en la nómina de las divinidades originales. ¿Qué podía seguir a la hazaña de darle vida a los dioses? ¿Qué monstruosidad? ¿Cómo podía haber segundos dioses? Pero mientras ellos intrigaban, Coatlicue dio a luz al fogoso dios de la guerra Huitzilopochtli, quien, auxiliado por una serpiente en llamas, se volvió en contra de sus hermanos, los asesinó en un ataque de rabia, decapitó a su hermana la Luna y la arrojó en un profundo barranco, donde el cuerpo de la mujer yace mutilado para siempre. El disco de la diosa de la Luna, descubierto en el Templo Mayor de México en 1977, ilustra este mito que, a su vez, revela la certeza de que el universo natural de los indios nació de la catástrofe. Los cielos, literalmente, se rompieron en pedazos, la Madre Tierra cayó y fue fertilizada en tanto que sus hijos fueron despedazados por el fratricidio y enseguida diseminados, mutilados, por todo el universo.
Pero la escultura de Coyolxauhqui y la de su madre Coatlicue son formas artísticas que, aunque nacidas de un mito, ya no cumplen una función religiosa. Se han convertido en parte de la imaginación artística, de tal manera que, más allá de sus orígenes sagrados, lo que hoy vemos es una composición artística moderna y ambivalente. La realidad se ha quebrado en varias partes, pero al mismo tiempo exige ser reunificada: ¿piden otra cosa las pinturas cubistas? Al imaginar a los dioses, estos escultores anónimos del universo indígena, igual que sus contrapartes góticas europeas, igualmente anónimos y también inspirados por la religión, crearon obras de arte intemporales, que pueden ser apreciadas fuera de su contexto religioso, en nuestro propio tiempo. La condición para lograrlo está enterrada en el corazón mismo de la creación artística. El verdadero artista no refleja la realidad: añade algo nuevo a la realidad.
Entre las piedras y las manos que les dieron forma, los artistas indígenas establecieron formas de comunicación que al cabo se volvieron
universales. André Breton vio en el arte y la vida de México una expresión del surrealismo. Mucho más concretamente, el escultor británico Henry Moore se inspiró en la figura reclinada del Chac Mool para darnos su espléndida serie de estatuas yacentes. Las estatuas de Moore se han convertido en una de las obras más representativas e inolvidables de la tradición moderna; ello no es ajeno a su conexión con una de las tradiciones más antiguas. Lo que Henry Moore dice de su propio arte, puede decirse de las grandes esculturas del México antiguo: si un escultor comprende el material con el cual trabaja, puede transformar un bloque de materia cerrada en una composición animada de masas que se expanden y se contraen, empujan y se confunden.
Capturadas entre el puro aire y el dinamismo de la piedra, estas esculturas son el producto de una pluralidad de realismos, una multiplicidad de visiones que, al manifestarse como obras de arte, son todas igualmente “reales”. Las colosales cabezas olmecas tienen rasgos llamativamente negroides, al grado de que muchos se han preguntado si el Caribe originalmente fue poblado por inmigrantes africanos. Pero su realidad artística nos obliga a preguntamos qué cosa es más importante, ¿el probable trasfondo religioso y étnico del arte, o su presencia contemporánea entre nosotros? Finalmente, ninguna faceta de este arte excluye a las demás: la realidad es múltiple.
Durero, el pintor alemán, fue el primer artista europeo en ver las obras de los aztecas cuando llegaron a Bruselas en 1520, en la Corte flamenca de Carlos I. “He visto las cosas que
le fueron enviadas al rey desde las tierras doradas”, anota en su Diario de viaje a los Países Bajos. “Son una maravilla para la mirada”, añade, concluyendo: “jamás en mi vida he visto algo que me llene de mayor felicidad”. Más de tres siglos después, otra vez en Bruselas, Charles Baudelaire observaría los grabados de las esculturas aztecas, llegando a la conclusión de que pertenecían a un “arte bárbaro”, bárbaro en el sentido de ser totalmente ajenas al concepto de la personalidad humana.
Y, sin embargo, por debajo y por encima, pululando cerca de los dioses, los sacerdotes y los guerreros, existía en Mesoamérica toda una sociedad, vivaz y sensible, circulando alrededor de las pirámides y creando los valores de la continuidad cultural en las Américas. Esta tradición habría de convertirse en una de las más fuertes realidades con las que estas sociedades darían respuesta al encuentro con Europa.
Cuando miramos los grandes monumentos del pasado indígena y tratamos de comprender tanto su belleza como su función política, nos sentimos tentados de preguntar, junto con el poeta Pablo Neruda, “¿Piedra en la piedra, pero el hombre dónde?” Quizás la respuesta se encuentre en la existencia misma de los diversos artefactos de la cultura popular creados por los pueblos mesoamericanos, al nivel de la aldea y a lo largo de miles de años. La humanidad se encuentra en las caritas sonrientes, acaso burlonas, de los olmecas; en la alegría y los juegos de las figuras que a nosotros nos parecen como de luchadores, acróbatas y hasta jugadores de beisbol; en el hincapié dado a la continuidad simbólica de la vida en las figuras de viejos, mujeres fértiles y niños. Quizás la humanidad se encuentre sobre todo en la elegancia y la finura infinitas de las figuras de Jaina en Yucatán: mujeres, oradores, vendedores, labriegos, mendigos y mentirosos. Todos los caracteres de la vida diaria fueron diseñados, ubicados y dotados de presencia, a lo largo de los siglos. Acaso la belleza eterna de este arte y de quienes lo hicieron se encuentre mejor preservada en los objetos más frágiles, en la cerámica, los vasos, los utensilios y las representaciones estilizadas de los animales y de los pájaros. El magnífico zoológico de los primeros olmecas ha quedado fijado en las figuras de patos, cocodrilos, monos, tapires, armadillos y jaguares. La figura del jaguar se pasea a lo largo y a lo ancho del México indígena, en contrapunto con los deliciosos perritos olmecas, los loros y las tortugas de las culturas occidentales, los misteriosos murciélagos zapotecas, los chapulines aztecas y los peces totalmente estilizados, casi abstractos y dignos de Brancusi, provenientes de Tlatilco.
Todo ello representa la continuidad de la cultura popular, y la encontramos encarnada hoy en las actitudes y en la dignidad de sus descendientes contemporáneos, así como en la producción incesante de sus artesanos.
Ésta es la respuesta popular al poder de los dioses y los potentados, los valores de la comunidad, el amor a la tierra y a la naturaleza, el trabajo y el respeto mutuo. Pues aun cuando sus ciudades misteriosamente decayeron y desaparecieron, el pueblo sobrevivió. Y aun, quizás con mayor misterio, sobrevivió su arte, a pesar de no ser un arte popular o humanista, para nada, sino más bien una celebración asombrosa y sobrenatural de lo divino, de la muerte y del tiempo.
En el nombre de Quetzalcóatl, la sociedad azteca mantuvo vivo el culto de la vida a través de sus sistemas de educación, que eran universales y obligatorios; mediante las exhortaciones dichas en bodas, nacimientos, muertes y elecciones. El poeta azteca, pero también los padres y las madres dirigiéndose a sus hijos, los novios hablándoles a sus novias, los vivos dirigiéndose a sus muertos, o los ancianos eligiendo a sus reyes, hablan todos de la Tierra como un lugar de felicidades melancólicas, felicidades que hieren, la Tierra como un lugar misterioso y hostil, donde la vida es un sueño, todo pasa y sólo la muerte es cierta. Pero esto no es razón para desesperar, pues todos poseemos los dones de la risa, el sueño, la cocina, la salud y, finalmente, el acto sexual, celebrado como “semilla de los pueblos”.
Quetzalcóatl fue el principio dador de vida de la sociedad azteca, en oposición a Huitzilopochtli, artífice de la guerra y de la muerte. Tan importante para el mundo indígena como Prometeo o Ulises para el mundo mediterráneo, o Moisés para la cultura judeocristiana, Quetzalcóatl también fue un exiliado, un viajero, un héroe que se fue y prometió regresar.
Como los otros, su mito vive a través de múltiples versiones y metamorfosis, pero trascendiéndolas y enriqueciéndolas todas.
Los grandes festivales del mundo azteca no eran sino la expresión externa, ceremonial, de un tiempo en el que la naturaleza y el destino se daban la mano, eran vividos como mito y, como mito, no sólo representados sino vitalmente creídos. Ningún ejemplo mejor que el de una de las versiones de la leyenda de Quetzalcóatl, transmitida al padre Bernardino de Sahagún en México por sus informantes indígenas. De acuerdo con esta versión del mito, uno de los dioses menores del panteón indígena, un Puck oscuro y eternamente joven llamado Tezcatlipoca, cuyo nombre significa “El Espejo Humeante”, les dijo a los otros demonios: “Visitemos a Quetzalcóatl, y llevémosle un regalo.” Se dirigieron al palacio del dios en la ciudad de Tula y le entregaron el regalo, envuelto en algodón.
“¿Qué es?”, se preguntó Quetzalcóatl mientras desenvolvía el obsequio.
Era un espejo. El dios se vio reflejado y gritó. Creía que, siendo un dios, carecía de rostro. Ahora, reflejado en el espejo enterrado, vio su propio rostro. Era, después de todo, la cara de un hombre, la cara de la criatura del dios. Así, Quetzalcóatl se dio cuenta de que al tener un rostro humano, debía, también, tener un destino humano.
Los demonios nocturnos desaparecieron vociferando alegremente y Quetzalcóatl, esa noche, bebió hasta el estupor y fornicó con su hermana. Al día siguiente, lleno de vergüenza, se embarcó en una balsa de serpientes navegando hacia el Oriente. Prometió que regresaría en una fecha fija, Ce Ácatl, el día de la caña en el calendario azteca.
Cuando los tiempos del destino y la naturaleza coincidían bajo un símbolo de pavor, el universo indígena era sacudido hasta las raíces y el mundo entero temía perder su alma. Esto es exactamente lo que ocurrió cuando, después de una espantosa serie de augurios, el capitán español Hernán Cortés desembarcó en la costa del Golfo de México, el Jueves Santo de 1519.
El regreso de Quetzalcóatl
Llegó en el tiempo previsto: Ce Ácatl, el año Uno Caña, precedido por un año de portentos en el mundo azteca. Las aguas del lago sobre el cual estaba construida la ciudad de Tenochtitlan se agitaron formando inmensas olas, derrumbando casas y torres. Los cometas recorrieron durante largas horas los cielos. Los espejos reflejaron un cielo lleno de estrellas en pleno mediodía. Extrañas mujeres deambularon por las calles a la medianoche, lamentando la muerte de sus hijos y la pérdida del mundo. Aun los aliados más cercanos del emperador azteca, Moctezuma, después de observar el firmamento noche tras noche, admitieron que las profecías estaban a punto de cumplirse; que el mar, la montaña y el aire mismo temblaban con premoniciones. Quetzalcóatl iba a regresar.
La profecía del dios rubio y barbado iba a convertirse en realidad. Tan seguro estaba de ello el rey de Texcoco, que abandonó su reino, despidió a sus ejércitos y le recomendó a sus súbditos disfrutar del poco tiempo que les quedaba. Y el emperador Moctezuma, quien rara vez repetía el uso de su ropa y era atendido por una multitud de doncellas, inició una larga penitencia, barriendo su propio palacio con una escoba y vestido sólo con taparrabos, mientras los augurios del desastre se acumulaban sobre la ciudad aterrada. ¿Estaba acaso terminando el tiempo del Quinto Sol?
La angustia de Moctezuma tuvo un alivio pasajero cuando un mensajero llegó desde la costa y le dijo al rey que desde el Oriente se habían acercado casas flotantes, y en ellas se veían hombres vestidos de oro y plata, y montados sobre bestias con cuatro patas. Estos hombres eran blancos, barbados, algunos de ellos incluso rubios y de ojos azules. Moctezuma suspiró. Había terminado el tiempo de la angustia. Los dioses habían regresado. La profecía se había cumplido.
“Mi lengua” Pero Hernán Cortés no se veía a sí mismo como un dios. Él era un hombre y su voluntad de
acción le movía a actuar de manera humana, empleando hasta el extremo su sagacidad y su información. En la primavera de 1519 Cortés había zarpado de Cuba con una expedición de once navíos. A bordo viajaban 508 soldados, 16 caballos y varias piezas de artillería. El Jueves Santo, ancló sus barcos frente a la costa del Golfo y fundó la ciudad de Veracruz, en nombre del emperarlor Carlos V. Pocos días más tarde, otro emperador, Moctezuma, recibió las noticias de la costa. ¿Quién era este capitán español, que repentinamente se vio tratado como un dios?
Al llegar a México, Cortés contaba con apenas 34 años de edad. Había nacido en la ciudad de Medellín, en la provincia de Extremadura, donde su padre había combatido a los moros durante los años finales de la Reconquista. Ahora, Cortés el Viejo era el modesto propietario de un molino, un viñedo y un colmenar. Junto con su esposa, la madre de Cortés, descrita como mujer “honesta, religiosa, recia y escasa”, logró ahorrar lo suficiente para enviar a su hijo a la Universidad de Salamanca, donde Hernán Cortés fracasó como estudiante, pero leyó las novelas de caballería y escuchó las fabulosas crónicas del descubrimiento de América. Su cabeza se llenó para siempre con el sueño del Nuevo Mundo.
A los 19 años, viajó a las Indias donde se convirtió en un terrateniente modestamente rico. Pero Cortés no había venido al Nuevo Mundo para repetir el destino de su padre en el Viejo Mundo. Había venido a hacerse su propio destino: un destino de poder, riqueza y gloria, adquiridos no mediante la herencia, sino mediante la decisión personal, asistida por un poco de buena suerte. Perfecta mezcla maquiavélica de la voluntad y la fortuna, Hernán Cortés habría de convertirse en una de las grandes figuras del Renacimiento europeo, al embarcarse en una de las grandes epopeyas de todos los tiempos: la conquista del Imperio azteca.
Al principio, hubo escaramuzas constantes con las tribus de la costa. Sus caciques pronto se dieron cuenta de que los extranjeros, quienesquiera que fueran, no eran fáciles de derrotar en el campo de batalla. Venían armados de relámpagos, mandaron decir los informadores indios, y
escupían fuego. Los caciques les entregaron regalos de oro y otros objetos preciosos para contentarlos. Pero un día, le fue presentado a Cortés un tributo bien distinto: un obsequio de veinte esclavas llegó hasta el campamento español y entre ellas, Cortés escogió a una.
Descrita por el cronista de la expedición, Bernal Díaz del Castillo, como mujer de “buen parecer y entremetida y desenvuelta”, el nombre indígena de esta mujer era Malintzin, indicativo de que había nacido bajo signos de contienda y desventura. Sus padres la vendieron como esclava; los españoles la llamaron doña Marina, pero su pueblo la llamó la Malinche, la mujer del conquistador, la traidora a los indios. Pero con cualquiera de estos nombres, la mujer conoció un extraordinario destino. Se convirtió en “mi lengua”, pues Cortés la hizo su intérprete y amante, la lengua que habría de guiarle a lo largo y alto del Imperio azteca, demostrando que algo estaba podrido en el reino de Moctezuma, que en efecto existía gran descontento y que el Imperio tenía pies de barro.
Gracias a la Malinche, Cortés descubrió que un gran rey llamado Moctezuma vivía en una magnífica ciudad en la montaña. Se le dijo que los ejércitos de este rey, alineados en un campo, lo cubrirían como las olas del mar. Treinta reyes vasallos le rendían tributo, pero odiaban a Moctezuma y podían ser persuadidos de cambiar sus alianzas si alguien más poderoso que los aztecas se lo solicitaba. Los aztecas habían conquistado a la mayor parte de los pueblos de la América central, pero su dominación se basaba en el terror, no en el apoyo del pueblo, y algunos reinos, como el de Tlaxcala, habían logrado mantener su independencia, batallando constantemente contra el poder de México, y preparándose para el tiempo de las venganzas.
Cortés no tardó en tomar una decisión. Marcharía hasta la Gran Tenochtitlan a ver a Moctezuma, y aprovecharía el descontento del pueblo en su favor. Pero si el capitán estaba listo para marchar, sus tropas eran de pareceres distintos. Las escaramuzas habían causado bajas. Empezaban a faltar el pan, la sal y el tocino. Algunos temían el frío de las montañas, otros se quejaban del peso de las armas. Pero
Cortés se negó a dar la vuelta y regresar con las manos vacías. Sabía bien que los soldados españoles estaban divididos entre el deseo de la fama y el dinero, y el miedo de la derrota y la muerte.
—Somos sólo quinientos —le hicieron notar a Cortés. Y él respondió: —Entonces nuestros corazones serán doblemente valerosos. —Nos estamos muriendo de fiebres y ataques de indios —se quejaron otros. —Entonces enterremos a los muertos de noche para que nuestros enemigos crean que
somos inmortales. —Regresemos a Cuba. Embarquémonos de vuelta —otros exclamaron en franco motín. —Pero ya no hay naves —contestó Cortés—, las he barrenado. No tenemos más camino
que hacia arriba, ya no hay marcha atrás. Debemos ir hasta México y ver si este gran Moctezuma es tan grande como dice ser.
Los soldados vitorearon a Cortés, lo aclamaron como su capitán e iniciaron la gran marcha hacia la ciudad de Moctezuma. En el camino, Cortés tuvo que probar que era no sólo un conquistador militar, sino un cristiano que extendería la fe en Cristo y destruiría la abominable idolatría de los indios paganos. En Cholula, el gran panteón de los dioses del Imperio azteca, el capitán español destruyó las estatuas y ensangrentó al pueblo, invocando razones tanto religiosas como políticas: Marina le había informado que los sacerdotes paganos de Cholula conspiraban para asesinar a los españoles.
Entre sus deberes como soldado de la cristiandad y la ilusión indígena de que Cortés era un dios, el capitán español hubo de afirmar, finalmente, su identidad verdadera. Pero si su imagen divina comenzó a desteñirse, su habilidad militar se reafirmó en las batallas contra las fuerzas de Tlaxcala, en las afueras de la Ciudad de México. Los valientes
tlaxcaltecas, ferozmente independientes del poder de Tenochtitlan, no querían cambiar una dominación por otra. Desafiaron a Cortés pero fueron aplastados una vez más, a pesar de su número superior, por la avanzada tecnología de los europeos.
La gran recompensa para Cortés y los españoles llegó el día en que finalmente miraron la maravillosa vista de la ciudad en el lago. “Nos quedamos admirados”, escribió Bernal Díaz, “y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís... Y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no se cómo lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas, como veíamos”.
Entonces Moctezuma avanzó por la gran calzada que conducía a la ciudad para recibir a los españoles, fijo en su creencia de que Cortés era el dios Quetzalcóatl: “Bienvenido. Te hemos estado esperando. Ésta es tu casa.”
Cortés y Moctezuma
Rara vez se ha dado un encuentro de personalidades tan contrastantes en la historia. Fue el encuentro entre un hombre que lo tenía todo y un hombre que nada tenía. Un emperador comparado con el sol, cuyo rostro estaba vedado a sus súbditos, y poseedor del título de Tlatoani, que significa “el de la gran voz”. Y un soldado sin tesoro más grande que su ingenio y su voluntad. Pero a Moctezuma lo gobernaba la fatalidad: los dioses habían regresado. En tanto que a Cortés lo gobernaba su propia voluntad. El español alcanzaría sus metas en contra de todos los obstáculos.
Pronto descubrió que Moctezuma tenía recámaras en su palacio donde hasta las paredes eran de oro. Cortés pagó la hospitalidad del monarca indígena tomándolo prisionero y derritiendo el oro. En todas partes mandó destruir los ídolos y en su lugar erigió altares cristianos. Y su
lugarteniente, Pedro de Alvarado, después de hacerle trampas a Moctezuma en el juego de dados, perpetró la matanza de una población desarmada y desnuda en el festival religioso de Tlatelolco.
¿Eran éstos realmente dioses? Finalmente, el pueblo mexicano dijo que no. Eran invasores extranjeros crueles y codiciosos, y podían ser derrotados. Durante la batalla de la Noche Triste, la insurrección indígena, encabezada por el sobrino de Moctezuma, Cuauhtémoc, arrojó a los españoles fuera de Tenochtitlan. Muchos se ahogaron en los canales tratando de escapar con las bolsas llenas de oro. El propio Cortés se sentó al pie de un árbol y lloró. Pero construyó barcos en el lago para reiniciar el ataque y regresó,
convencido de que la ecuación de información más tecnología superiores acabaría por garantizar el triunfo europeo.
Los aztecas, bajo Cuauhtémoc, combatieron valerosamente. Pero el suyo era un mundo sagrado cuya caída había sido profetizada por los libros de la memoria.
“Preparaos, oh hermanitos míos, pues el blanco gemelo del cielo ha llegado, y castrará al sol, trayéndonos la noche, y la tristeza, y el peso del dolor.”
Tales eran las palabras del libro maya del Chilam Balam de Chumayel.
Después de un sangriento sitio, en 1521, Cortés finalmente sometió a la capital azteca. Fue, en las palabras de Hugh Thomas, una de las grandes batallas de la historia. Pues no sólo destruyó el más grande centro del poder indígena y religioso en Norteamérica hasta aquel tiempo. También escenificó, en las figuras de Cortés y Moctezuma, uno de los grandes choques entre civilizaciones opuestas que el mundo jamás haya visto.
La Conquista de México fue algo más que el asombroso éxito de una banda de menos de seiscientos soldados europeos frente a un imperio teocrático. Fue la victoria de los otros indios en contra del soberano
azteca. Fue la victoria del mundo indígena contra sí mismo, puesto que los resultados de la Conquista significaron, para la mayor parte de los indígenas, exterminio y esclavitud. Pero también fue, como habremos de ver, una derrota del propio conquistador. ¿Se entenderá algún día la Conquista de México como una derrota del vencedor y del vencido, a fin de poderla considerar, al cabo, como una victoria de ambos? Aun cuando los españoles comprobaron, más allá de toda duda, que no eran dioses sino seres humanos rapaces y crueles, Moctezuma se negó a abandonar su aceptación fatal de la divinidad española. Si el rey era un prisionero, sus carceleros tenían que ser dioses. Si Moctezuma y su pueblo eran despojados, los dioses sólo tomaban lo que era suyo. Cuando finalmente fue apedreado a muerte por su propio pueblo, en junio de 1520, Moctezuma debió aceptarlo como un capítulo más de la fatalidad. El rey azteca sabía bien que el poder no se compartía con los dioses. Moctezuma y sus predecesores se habían sentado solos en la cima de la pirámide de México durante doscientos años. Ignoraban muchas cosas pero no que en México el poder se ejerce verticalmente y lo ejerce un solo hombre. No hay lugar para más de uno en el pináculo de la pirámide mexicana. Esto es tan cierto hoy como lo era en 1519.
Cuando Moctezuma y su Imperio se hundieron en las aguas sangrientas de la laguna, el tiempo original del mundo indígena desapareció para siempre, sus ídolos rotos y sus tesoros olvidados, enterrados todos, al cabo, bajo las iglesias barrocas cristianas y los palacios virreinales. Pero por encima de este drama siempre se puede escuchar, como un murmullo en la historia, las voces de los conquistados y de los conquistadores.
Todas las sociedades indígenas de las Américas, a pesar de sus múltiples fallas, eran civilizaciones jóvenes y creativas. La Conquista española detuvo su movimiento, interrumpió su crecimiento y las dejó con un legado de tristeza, elocuente en las visiones de los vencidos, recopiladas por Miguel León-Portilla. La tristeza de los acontecimientos fue cantada por los poetas en harapos del mundo indígena derrotado:
¿A dónde iremos ahora, amigos míos? El humo se levanta, la niebla se extiende. Llorad, mis amigos. Las aguas están rojas.
Llorad, oh, llorad, pues hemos perdido a la nación azteca.
El tiempo del Quinto Sol había terminado.
Acaso los propios conquistadores podían hacerse eco de estas palabras, pues lo que primero habían admirado, enseguida lo habían destruido. Pero cuando todo había terminado, cuando el emperador Moctezuma había sido silenciado por su propio pueblo, cuando el propio conquistador, Hernán Cortés, había sido silenciado por la Corona de España que le negó poder político en recompensa a sus hazañas militares, quizás sólo la voz de la Malinche permaneció. La intérprete, pero también la amante, la mujer de Cortés, la Malinche estableció el hecho central de nuestra civilización multirracial, mezclando el sexo con el lenguaje. Ella
fue la madre del hijo del conquistador, simbólicamente el primer mestizo. Madre del primer mexicano, del primer niño de sangre española e indígena. Y la Malinche parió hablando esta nueva lengua que aprendió de Cortés, la lengua española, lengua de la rebelión y la esperanza, de la vida y la muerte, que habría de convertirse en la liga más fuerte entre los descendientes de indios, europeos y negros en el hemisferio americano.
Cristóbal Colón. Grabado de Theodor de Bry